Murmura de tu prójimo, como murmuras de ti mismo…

Publique este post en el 2008, y siento compartirlo nuevamente con uds., estamos en un mes especial, y declaro que es un tiempo de restauración y unidad. Oremos para que toda la iglesia de Jesucristo sea redargüida por el Espiritu Santo a buscar la unidad en la fe, en propósito, en amor, y veamos como se manifiesta el Poder de Dios en nuestras naciones por abrir los cielos con nuestro quebranto, clamor, humildad y arrepentimiento.:

“Hace más de un año atrás publique el artículo “de lenguas bífidas y de los basureros”, y trate de exponer al menos 2 elementos que mueven a las personas a desarrollar un lenguaje difamatorio y en pro de la descalificación y mentira. Aun con los revuelos que puede causar en la blogosfera desde entonces, y aún en foros de opinión, mantenemos y reafirmamos que la murmuración, además de corromper la libertad de expresión, es pecado.

La santidad de la vida no solo se expresa en el respeto a los demás como seres creados de modo único e irrepetible, tocados desde el embrión por el dedo de Dios, formados para disfrutar de esa “identidad” propia y darnos cuentas que en las desiciones cotidianas podemos ser “como dioses”, creando arte, fructificando la tierra, influyendo en las conductas y formas de pensar de toda una sociedad, se expresa además en la visión que el ser humano tiene de sí mismo. Con algo sin valor, como puede ser un monton de tierra, Dios crea algo con extraordinario, una maravillosa reproducción “fiel a su diseño original” (Dios mismo).

La murmuración, en el mundo natural- porque respecto del mundo que no se ve con los ojos de la razón, existen interpretaciones sobre la rebelión cosmica en que el mismo ángel de Luz, Lucifer, inició la resistencia contra Dios en base a la murmuración– partió en el mismo ser humano conversando con “aquel que pervierte la sabiduría”. El hombre no solo pretende probar un nuevo fruto, desea comprobar la “verdad” profetizada engañosamente por aquella entidad rastrera, entonces se cuestiona en su dignidad, cree que merece también tener lo que Dios tiene, el pensamiento meritocrático le impulsa a dar la primera mordida- al fin y al cabo hay un mandato permisivo (en el sentido que es él quien decide el cómo hacerlo, pues goza del libre albedrío) del Creador “fructificaos…multiplicaos… señoread la tierra… sojuzgadla”, y ahí en medio de su corazón se siente un “dios” por sus méritos y facultades superiores sobre toda la raza humana, sobre los reinos de la tierra, sobre la vida, sobre la muerte.

Murmurarmos de nosotros mismos cuando comenzamos a envidiar a otros, hablamos mal de nosotros con nuestra “voz interior” cuando reconocemos que otro es “mejor cristiano” (como si hubiera categorías de cristianos, sencillamente un “mal cristiano” no es cristiano ¿Para que poner esas calificaciones si no existen una santidad con algo de pecado ni pecado con algo de santidad?, cuando desea lo que el otro tiene para no “sentirse” menos, cuando cree que sus capacidades  son mejores que las de otros, cuando sólo cree en sí mismo para obtener lo que desea, entonces, la humanidad se degenera, se disgrega, compite en perjuicio de los otros, y en perjuicio de si mismos, cuales castillos feudales se crean feudos en torno al fruto que nos “abrió los ojos” a la ¿verdadera realidad?. Pulula la creencia de mente en mente  de que la única forma de salvar a la raza humana es transformándonos de modo absoluto e indiscutible en Paladines justicieros, Heroes de la fé, en Ministros Ungidos con la pentaunción (sabiéndo a drede que la lucha no es nuestra, ni siquiera son nuestras las fuerzas las que operan en medio de la oscuridad, Zacarías 4:6b)entonces el amor propio se transforma en nuestra soberbia, y perdemos el sentido de lo que es verdaderamente digno, de lo verdaderamente honorable, de lo verdaderamente noble (Filipenses 4:8)

Amar al projimo como a nosotros mismos no trata solo con hacer buenas obras a los demás, abnegarnos de modo que vivamos bajo el perjuicio de la circunstancias en beneficio de los demás. La regla de oro (Mateo 7:12), ahora vista hacia nosotros se aplica analógicamente cuando intentamos hacer a los demás lo que queremos que nos hagan , pero cuando estamos solos en la calle, ¿Qué queremos hacernos a nosotros mismos? Porque el amor propio no se basa solo en cuidar de nuestra salud o mejorar nuestra calidad de vida, se trata además en  mantener nuestro cuerpo como un templo de la virtud y de carácter (1 Cor. 6:19), buscando la medida equilibrada de autoestima como la de Aquel que es Amor (Filipenses 2:3), y presentarnos ante nosotros mismos, ante Dios y ante los demás como seres auténticos, espontáneos, y reales.

La murmuración no nace en Dios, no nace en la boca, no nace en los libros, nace en el corazón del que alcanzo la cumbre de los “dioses” y se sentó en el mismo trono de algún “Zeuz”, en la soberbia de creerse indispensables para recuperar esa santidad de la vida, alejados de otros, sintiendose fuertes, autosuficientes. Porque existen los “Paladines” con buenas intenciones, ganan mil batallas pero las condecoraciones de la humanidad no hacen sino poner pesadas armaduras confeccionadas en las herrerías de Saul. (1 Samuel 17:38-39)

Al final del día, algunos cuando están solos en el baño, lavandose los dientes y mirando si alguna arruga a aparecido en la cara, miran al espejo y se encuentran consigo mismos, sin etiquetas ni jinetas, si no obtuvieron  lo que querían desde hace mucho sienten como algo miserable desde su interior reluce, la frustación aparece y la vanidad de su propia manera de vivir aparecen con un fulgor opaco, piensan en el vecino, en el consiervo, en otros que tienen todo sin hacer mucho, y en lo que ellos no tienen haciendo mucho.

Sí, la murmuración es una cuestion seria, es pecado, la semilla fue puesta por “aquellas  zorras que hechan a perder las viñas” (Cantares 2: 15), no predecimos el tiempo de su siembra, solo nos damos cuenta cuando hemos dado de comer del fruto del Paraíso a otros que están al acceso de nuestras palabras, y vemos como se “transforman en pequeños dioses”, solo sabemos que hay cizaña en el campo de trigo cuando la vemos crecer junto a la espiga, o cuando alguien vio al malvado sembrarla encubiertamente, murmuras y delatas las intenciones de tu corazón, y te desmereces frente a los demás por usar el camino fácil a la destrucción, y así se cumplen las palabras dichas por la serpiente antigua en el pasado, y hoy su voz hace eco en medio del huerto de cada uno un nuevo mandamiento :

“murmura de tu prójimo, como murmuras de ti mismo”

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