El color rojo, una flor, una sangre.

Recuerdo que al ser enseñado sobre la simbología de los colores de mi bandera patria se nos decía que la franja roja que abarcaba de lado a lado era seña del rojo del copihue (flor nacional) y de la Sangre derramada por los araucanos en la época de la conquista, pero también  podría ser seña de toda la sangre regada por españoles, criollos e indígenas en medio de guerras internas y las con potencias extranjeras.

Al hacer resaltar dichos emblemas, reaparecen los valores e ideales por los cuales nuestra República fue formada, y notamos como en medio de la belleza de una nación rica en productos y paisajes, aparece además las actitudes más aborrecibles frente a los Principios Más Altos. No hace muchos años seguían las disputas y desconsuelos por lo sucedido hacia el año 1973, pero paralelamente eramos informados de las rebeliones indigenistas, la lucha por recuperar las tierras usurpadas a la nación mapuche. Y más sangre se derramaba en medio de conmemoración de días como la del Joven Combatiente o el mismo 11 de Septiembre. Y la violencia generó mas violencia.

Pero de pronto, la naturaleza irrumpe de manera descomunal, y ya no es el hombre quien generó violencias, la misma tierra parecía matar a sus habitantes, muros caían sobre hombres, mujeres y niño, las olas del Pacífico arrastraron familias completas y construcciones quedaron reducidas a nada. Mas sangre derramada, y nuestra bandera hacía de su rojo un color tan intenso que llegaba a resplandecer en medio de las tortuosas noches de marzo.

Y aunque no estemos en guerra con naciones vecinas, la sustancia humana que da vida corre como sedienta de más muerte, y así como lo habrá dicho T. Hobbes respecto de la naturaleza del ser humano: “el hombre vive en una guerra de todos contra todos”, y la única razón de haber formado la “sociedad” es por su propio interés de evitar se agredido por los “salvajes”,  y sin el “pacto” o contrato social” seríamos presa fácil para el ser humano salvaje que se mueve egoístamente. Y este filósofo no se equivoca, porque aunque la sustancia del ser humano es buena (Todo lo que Dios ha creado fue bueno), la esencia que la impregna ha sido corrompida desde el principio por eso que se llama pecado.

Hoy vuelvo a mirar mi bandera, y surge un nacionalismo interesante, no creo en lo aleatorio de la formación de países, ni en el destino humano que lucha para crear uno. Dios ha permitido que en medio de las guerras se desate la paz, y en medio de los dominadores nazca una patria libre.  Pero la libertad nunca procedió de la raza humana por sí misma, la libertad es un privilegio divino dado a nosotros para hacer de nuestro pedazo de tierra un verdadero cielo, pero ya no logrado por la sangre de un araucano ni de un obrero que suda para obtener el producto de su labor. Es otro el rojo, es otra la sangre, es otra flor.

El color rojo de mi bandera tiene un significado mucho más poderoso que el atribuído por librepensadores e historiadores, porque no fue arbitrario ni para el contexto de entonces. Fue ahí en medio de las manos del diseñador que el aliento divino resopló suavemente hacia la imaginación del artista, por unos instantes quizás, la intervención sobrenatural se hizo presente, un rojo más extenso, uno que resultara de base, que fuera el fundamento del azul con su estrella y el blanco como la nieve, un rojo que representaría las luchas de una humanidad por lograr su redención de las opresiones y pobrezas, un rojo que haría de nuestra tierra un valle fértil, una tierra que no produjera espinas ni abrojos y que aún sus desiertos produjera toda clase de flores, un rojo derramado que hiciera que muchas de nuestras mujeres pudieran parir sin dolor.

Hay un rojo diferente, es otra flor, otra Sangre.

Y entonces evocamos los poemas de amor de la Biblia, y acudimos a ese que dice el Novio de sí mismo “Yo soy la rosa de Sarón“. La expresión aunque misteriosa,  es  sencilla;  dentro de la biología no existe tal flor, sino que se acude a esa terminología para referirse o al Narciso de la Pradera, una flor muy común en la llanura de Saron, en Palestina,  o al Azafran de delicioso aroma. Entonces aparece Jesucristo, que no solo es pan o vida, sino que además se presenta para nosotros con esa sutileza cual pétalo de flor, accesible a cualquiera que quiera tomarla, su fragancia maravillosa más que la del perfume más costoso del mundo. La belleza de Jesucristo es incomparable a cualquier cosa creada, no solo una belleza de contemplación silenciosa y absorta, un alma y mente puras cual cristal pasado por crisoles. En él la virtud, la bondad y misericordia hacen de su interior un valle infinito de amor y quietud, de libertad, de esperanza. Una flor, más que un copihue o una rosa. Un rojo más intenso.

Otra Sangre, una que se derramo en completa inocencia, en lo humano con una injusticia descabellada, pero en lo divino cumpliéndo toda Justicia.  No hubo un abogado que defendiera su causa, el sentido de lo justo pervertido completamente, la nobleza vendida por la miserable codicia, por la miserable maldad. No solo con sentencia de muerte, además la previa tortura que hacía parecer que su muerte ocurrió de antemano. Sangre se derramo en medio de un jardín de flores y olivos centenarios, en medio de la soledad, entre hombres despiadados, en medio de religiosos engreídos, en medio de un pueblo trastornado y envilecido. Al final, junto a un par de soldados quebrantados. La única sangre capaz de traspasar la roca dura y aún remecer los cimientos de la tierra, los del corazón de la humanidad desde el principio hasta el final de los tiempos.

Y no dudo en creer que la inspiración divina en el artista de nuestra bandera, debió experimentar siquiera un segundo en su mente, la imagen de esa sangre purificador,  corriendo  cual río por la extensión de nuestra tierra, cielo, mar  y cordillera.  Una sangre que solo es capaz de detener la violencia de las iniquidades, capaz de purificar el corazón del  pecado más oscuro y pervertido, y aún hacer que la tierra vuelva a estar en el orden y equilibrio perfectos.

Quizás vio la flor de un copihue, o la sangre del araucano, pero estoy seguro que pudo ver como desde el cielo aparecía un pincel impregnado de un rojo más intenso, que luego se extendería sobre la franja de nuestra bandera chilena.

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