La Disposición del alma

Siempre ha sido y será controversial el tema de compartir la propiedad privada con los demás, y no me refiero solo a lo que guarnece el hogar, también me refiero al ipod,  los libros, ropa y el “señor don dinero”. Mientras existan el mercado, el tema del bien común será un ideal susceptible de variación.

Los historiadores y antropólogos parten sus discursos sobre el origen de la humanidad, y que existían una especial forma de comunidad de vida, cazadores y recolectores, el producto del trabajo puesto a disposición de la tribu, reparticiones sin resquemores, todos trabajando para todos. Luego aparece el valor de las cosas, la escases de ciertos productos hace que aquellos que tienen más de lo escaso lo transen por otro que necesiten, el trueque, y posteriormente el comercio.

Un metro cuadrado cualquiera del espacio, se transformó en “Mi metro cuadrado”, entonces, algo se hizo “mío” con sólo asirlo y poner una banderita de “nuestra propia nación”. Y así como es génetica la tacañería , lo es la bondad y aquellos valores que permiten hacer de las cosas, una gran comunidad de personas. Al menos el aire es un bien común a todos los hombres.

Y cuando se trata del dinero, la cosa es más extrema. Si me sobra podré darme ciertos lujos, o con lo que ni tengo trataré de comprar aquello que deseo y que no necesito. Y si me sobra de lo que me sobra, a la alcancía. Y cuando pasamos por una salida de metro, si tengo monedas al alcance de mi bolsillo entonces las depositaré en alguna bolsa de colecta que hace alguna fundación pro ayuda de algo o alguien.  Y cuando se trata de diezmos y ofrendas, la cosa es más brígida.

Es que se trata de la disposición de nuestra alma y de como creemos que son las cosas en realidad, porque para el que piensa que el diezmo u ofrenda es cuestión para enriquecimiento de otros dirá que es una cuestión antiguotestamentario, EL VIEJO PACTO (con sonido potente e inmisericorde), entonces ofrendará sólo si lo siente, o sólo si le sobra, se dispondrá a mirar con duda y recelo al dador alegre, al que recibe la alegría del que ofrenda,  y como no quiere ser único se adhiere a comunidades, no de bienes, sino de vanidades y  pensamiento para defender la propiedad privada y la “injusta” distribución de las “riquezas eclesiales”. Y si ve a un pobre, prefiere darle su ofrenda o diezmo a él que a una iglesia, pues piensa en la necesidad inmediata, aunque sinceramente no creo que lo haga, es su aspiración para recriminar a los demás. Sigue creyendo en el dinero como una fuente de satisfacción de necesidades, y no como un medio de devoción. Así no son las cosas en el Reino de Dios.

Porque entonces, si las ofrendas y demases liberalidades emanadas de la fe no fueran importantes,  Jesucristo debió dirigirse hacia la viuda que dió  las dos blancas, acudir rapidamente antes que las depositara, poner sus manos sobre las de ellas y evitar que diera todo lo que tenía, mirarla con “comprensión” (como algunos comprenden a los que no ofrendan porque ni siquiera trabajan), decirle  que su corazón era sincero, y con eso bastaba para Dios ¿Por qué no lo hizo? con la disposición del corazón de aquella mujer determinó una gran Enseñanza. Por supuesto  que Dios mira los corazones, las motivaciones hechas con el espíritu correcto, las intenciones depuradas de razones y justificaciones,   no solo le importan los quereres, también los haceres, y así impulsa el ánimo humano hacia la nobleza del compartir, hacia la devoción del dar, hacia el regocijo de servir. Así Pablo deja por sentado que la motivación del alma debe ser dispuesta hacia una manifestación, el hacer (Fil. 2:13), y no se logra con efectividad dicho hacer si la fuente de ese impulso se determina en la Autoridad de Dios. El querer dar no nace en el discurso o palabras hermenéuticamente empleadas, ni porque alguien te dice que “es bíblico”, nace en la cruz, en la sangre, en la entrega, en Jesucristo, y solo un encuentro con Él, es suficiente para disponer el alma a entregar, y las manos y pies  a dar. (Dar y entregar, para hablar despues)

Y es mandamiento de Dios, principio inalterable e inalienable y fundamento que manifiesta su más Alta Justicia y Sabiduría, el retribuirle con nuestras ofrendas y diezmos;  aunque desarticulen y articulen lo más que puedan aquellos pasajes que fundamentan el “no ofrendar” o el “no diezmar” será imposible desconocer  que el tributo al Creador de todo se da con lo que verdaderamente cuesta, porque la obediencia es más poderosa que un sacrificio, pero obediencia sin sacrificio es imposible, quedarse en el sacrificio simplemente nos lleva a la vida ritual, y obviamente al posterior acto de desobedecer, el sacrificio duele en cierta medida, entonces dirá aquel “que obedezcan los que tienen vocación para el sufrimiento“. Es que no se trata de cumplimientos irrestrictos a un conjunto de preceptos,  mandamientos con sanciones divinas o recriminaciones pastorales, se trata de que el acto de amar sea la seña indudable de un alma movida a obedecer, una alma que comprendió el valor de vivir desprendidamente, y no me refiero a ser pobres.  Porque Cristo no murió por el capricho de una aparente divinidad inmisericorde, Él, voluntariamente,  dio el siguiente paso de la obendiencia, sintió el amor, se transformó en él, y se ofreció por amor, entonces su alma dispuesta se hace el ejemplo al momento de tomar un billete frente a un ofrendero o dar alimentos a algun hambriento.

Ofrenda y Diezmo son parte de las disposiciones del alma, no se hacen porque  deban suplirse necesidades, se hacen porque son expresión de las devociones humanas hacia Quién provee a las necesidades. No se hacen porque sean   la porción del liderazgo sacerdotal, ni para pagar la cuenta de la luz de un edificio de culto, se hacen porque ellas erigen un santuario espiritual en las conciencias de los hombres, en el espíritu de los niños, en el carácter de los adultos.   Ofrenda y Diezmo no se hacen por suplir la cuota del mes o la semanadade un ministro a medio tiempo, son la extensión de mi propio ser, de mi cuerpo mente y espíritu, pero trabajado y con frutos, dedicado al digno trabajo, y rendido Al que hace uno de los oficios más dignos y nobles.

La disposición del alma toma el impulso cuando mira la propiedad privada de Dios, entonces no le queda otra que desprenderse de aquello que no es propio, porque nada en sentido estricto le pertenece, salvo el recipiente de dicha disposición, el corazón, y  la Sabiduría clama por las calles, por si alguien deja de ser sabio en su propia opinión (p y en la indisciplinada manera de vivir la ofrenda y el diezmo : “Dame, hijo mio, tu corazón, y tus ojos miren mis caminos.” (Prov.23:26).  Ofrendamos y diezmamos, es parte de actuar sabiamente con la propiedad privada, porque miramos aquello que solo el espíritu percibe con sus ojos,  el alma nos recuerda lo que cuesta, pero nuestro espíritu nos permite ver la infinita ganancia.

Un corazón sumergido en la  Sabiduría, será un delicado sacrificio viviente, y  la ofrenda y  diezmo el tributo del alma por el privilegio de haberla alcanzado.

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