Él te librará de la peste destructora

Ya superan las 120 personas muertas aun sospechosamente por la siniestra influenza porcina, 20 de ellas confirmadas por causa del virus, y no pasó mucho hasta que un  terremoto  grado 6 agitara el ánimo de este coloso latinoamericano, México. EEUU y España siguen en la lista, y un mundo que está al borde de complicado momento económico vulnerable a nuevos problemas, a nuevos juicios.     Pareciera que derrepente los Jinetes del Apocalipsis volvieran a salir a recorrer la tierra complicando todas las cosas a su paso, sus tercios de muertes, mas caro el petróleo, la balanza de la equidad desbordada hacia un extremo. Es como si no hubieran olvidado el ritmo del tranco cuando se creyó que el fin del mundo vendría a fines de la Edad Media, con  las terribles pestes que se extendieron por todo el globo, un feudalismo que empobrecía a los vasallos cada día, y que la peste negra, tuberculosis y demases  hacían que las danzas macabras fueran el espectáculo diario en las procesiones populares invocando la Misericordia.       No hace mucho la pandemia del SIDA se hizo presente en cada rincón del planeta, y aparece el miedo, y la necesidad de huir a los montes, esconderse en cuevas para evitar tan desastroso momento de la humanidad.  Le ha puesto fecha a los fines de los tiempos, sea en cataclismo o “elevación de la conciencia”, y la paranoia de ciertas gentes por el Nuevo Orden Mundial (Ese que dicen los conspiradores del mismo,  viene desde Roma, o desde USA, o desde la misma iglesia)  aflora para aprovecharse de la naturaleza del Incauto, instaurando un reino paralelo basado en el Miedo y el legalismo fariseo.

Estamos alarmados, eso es indudable, pareciera que de pronto la Revelación de Juan cobrara mayor realce, y entonces no nos queda más que esperar el descenlace de la historia. Pero mientras tanto, las plagas se extienden y la gente muere como una impartición de pesticidas sobre las moscas. Sin embargo, como una fortaleza impenetrable se extiende un lugar donde guarecerse en el día malo. Y desde ahí comenzar a gritarle al mundo que se refugie con nosotros.

“El te librará del lazo del cazador“, porque a diario pareciera que hubieran  persecuciones contra nosotros, incluso nuestra propio alma pareciera que se vuelve subversiva en contra de nosotros, aparece el doble ánimo llevándonos a jaulas espirituales. La tentación por comer del “fruto prohibido” nuevamente aparece en escena, “Seréis como dioses”, y el lazo de la mentira nos intenta meter  en el calabozo de la soberbia, pero entonces, bajo unas alas inmensas de bondad, la sustancia misma  de la Misericordia nos ayuda a resistir en el cruce del camino, optar por la  senda de sencillo transitar pero de engañoso parecer o el que no es “color de rosa” pero que nos conduce al valle de verdes pastos y de los manantiales vivientes,  y  escogiendo con seguridad el último, obtenemos de modo gratificante la aprobación DEL QUE EXTIENDE SU SOMBRA protectora, por haber confiado en Su diestra poderosa que corta las ataduras más fuertes y que nos libra de ser apresados de nuevo.

“El te librará de la peste destructora”, porque quién ha decido refugiarse en la Esperanza y Vida obtiene de modo gratuito la Sanidad y la Invulnerabilidad frente al mal, impermeables a  la calamidad. Y de pronto cuando pareciera que la enfermedad cubre la faz de la tierra, aparece la señal redentora de Cristo como una serpiente de bronce levantada en el desierto, erigida por medio de las  oraciones y el clamor de los humildes y quebrantados de corazón.

Son tiempos duros, pero posibles de resistir, mientras tus amigos no lo sepan, no conozcan el refugio de la  raza humana, no te asombre si la desgracia, la muerte repentina les asola,  aflige  tu alma con el clamor desesperado, vístete por un momento de cenizas, renuncia a tu vanidad, a tu argumento de teología, has un alto en tus contiendas con molinos de vientos, vuelvete al Altísimo y alcanza con la seña de esperanza  a los que más puedas, porque lo dicen  el eco de montañas lejanas,   el sordo sonido de las olas tormentosas, y la tierra temblorosa que clama: Cristo Viene.

Sal. 91

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