Perdónales, porque no saben lo que hacen…

Hasta el último momento de su Pasión la palabra viviente mellaba profundo en los corazones. Cuando llegó a la meta, de asumir la cruz como la manifestación más pura del amor, no hizo sino seguir adelante, y cada tortuoso segundo dilataba el paso de nuestro Maestro, permitiéndo a la lógica más pura entrar en esas contradicciones del porqué el amor verdadero se acompaña del dolor , sangre rociada por las calles de Jerusalem, a cada golpe de un látigo o puñetazo salpicó ese líquido maravilloso del Autor de la Vidasobre la humanidad espectadora de tan macabro espectáculo. Satanás fascinado con semejante performance, poco a poco se daba cuenta que estaba en la mitad de su media verdad de salir triunfante, sin embargo por esa sangre, una tierra maldita comenzó a experimentar la liberación de la ruina y miseria traída antaño por el pecado original.

Y sobre la cruz, en medio de las miradas consternadas de aquellos que un día estuvieron dispuesto a defenderlo y esas miradas satisfechas al ver al Nazareno incrustado en la vergüenza, era confrontado por gente común y la casta religiosa cual vil farándula televisiva, no tenían tapujos para desafiarlo, a momentos de su muerte,a hacer obras prodigiosas, a ver si entonces Él era el verdadero Mesías, pero Él, en medio de la esperanza por la Redención universal, a frases entrecortadas y con la boca seca y llena de esputos, hablaba del amor, sin clamar venganza, miró a la humanidad como enloquecida, apeló a la enfermedad de sus pecados y habló con su Padre: “Pérdonalos, porque no saben lo que hacen”, porque sabía que vivían sumidos en sus medias verdades o medias mentiras, que al final les permitía tener ante el Juez de los cielos “la duda razonable” de esa bipolaridad espiritual, aunque claro, nunca justificable… dicho esto, pasó un poco de tiempo, y en silenciosa danza del alma, se desprendió totalmente de sí mismo…

… Porque no saben lo que hacen, y suelen de todos modos crucificar a cuantos santos, con el ímpetu del verdugo se avalanzan sobre ellos. Enemigos hechos a propósito, armando batallas dentro del mismo cuerpo del Flagelado, siguen el ejemplo del Sanedrín de antaño y pareciera que aún siguen habiéndo latigazos, haciendo morir el cuerpo del que ya fue muerto por causa del pecado. Y hoy no queda sino, volver al vía crucis divino, y lograr padecer el tormento, cual semilla llevada al terreno para ser plantados y dar fruto en su tiempo.

Perdónales, porque dañar al hombre por “caudillismos  políticos o religiosos” y exponerlo al vituperio es rebelarse contra el diseño original, la imagen y semejanza de Aquel que lo formó del polvo de la tierra es la evidencia que existe un Dios. Pues actuando mal contra los demás es actuar mal contra el Creador, es decirle con descaro: ¡me desilusionaste, Dios, creo que hiciste un mal hombre, una mala mujer. Por eso, hablando en perjuicio de otros por medio de las difamaciones, mentiras y medias verdades, no hacemos sino hablar mal contra Aquel que formo a cada ser viviente con sus manos y sopló el aliento de vida para que cada persona fuera un ser viviente.

Por eso, o decidimos hacer escarnio del que cae una y otra vez, o decidimos mostrar la misericordia, poniéndonos en lugar de algun crucificado. Perdónales, porque es claro que le ha costado al mundo perdonar a sus ofensores y la naturaleza soberbia de la humanidad se impregna en el fatídico rencor por el que golpea una mejilla. A veces ofendidos a conciencia, y otras haciéndonos los ofendidos, representando causas que no son nuestras, y victimizándonos en nombre de otros que sufren y no hemos dado ayuda.

Perdónales, porque sabemos que por causa de Cristo somos expuestos a la denostación diaria, pero Él comprendió que el amor cubre multitud de pecados, y entonces la gracia de mirar a los actores de delitos contra la nobleza cristiana se hace real, la comprensión generada en  la mente de Cristo nos ordena los pensamientos, el Perdón emanado de las Alturas visita la tierra, y así es posible terminar el propósito encomendado, lograr alcanzar la meta del supremo llamamiento, y tener tiempo de sobra para extender los brazos a otros que no saben perdonar.

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