“La vejez llega cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas”

Recuerdo que mis primeros años de universidad me venían de modo regular un montón de imagenes en movimiento evocando mi pasada por el colegio, los ensayos del coro y el queque y jugo Kapo después de ellos, los concursos de literatura, los trabajos de castellano, las clases de química o historia, los anécdotas de paseos, amigos con quien me reía a destajo en los recreo o  entredientes cuando se nos mandaba a callar y alguien terminaba el ruido con una frase graciosa. Pero no solo el colegio, vivir en Valparaíso me hacia recordar en sobremanera la calidez de mi casa en la época de temporales, a mi hermano con el que jugaba en el PC a diario, y las atenciones obvias de los padres que aman a sus hijos.

Hacia el año 2005 experimenté en lo personal un vuelco en 180º, y la nostalgia se apoderó de mis tiempos de soledad y vida universitaria, y poco a poco, empecé a iniciar una peregrinación a mi pasado, cuando era más fácil vivir teniendo poco, acumulando las melancolías, como si estuviera padeciendo el Síndrome de Diógenes prematuramente.

Por un momento los recuerdos pesaron más que las esperanzas, y me envejecí.

Tener nostalgia es tan normal como acordarse del día en que conocimos a Jesucristo o dimos el primer beso, tratar de visualizar esos momentos agradables como si fueran reales no es malo, además de proporcionarnos del esparcimiento social, nos alientan a seguir sintiendo que tenemos un propósito. Y los recordamos porque nos trae placer, las emociones afloran instantáneas, y reímos, nos estiramos un rato a la vida por esa chispa de alegría  y confort que enciende nuestro fuego, nos encontramos con amigos y surge esa mirada noble  y cómplice con la que iniciabamos los juegos o una conversación sobre nuestros sueños. Pero también recordamos  esos mejores tiempos, y con demasiada intensidad, cuando el día se proyecta  menos favorable y el futuro con un fatalismo apocalíptico, o el simple pesimismo de que “nada nuevo hay bajo el sol”.  Y ahí pareciera que el pasado fue mejor que el presente- “que días aquellos, mucho mejores que éstos”.

” Y mucho de los sacerdotes, de los levitas y de los jefes de casas paternas, ancianos que habían visto la casa primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en alta voz, mientras muchos otros daban gritos de alegría. ” Esdras 3:12

Claro, quizás en el pasado logramos obtener mayores premios y reconocimientos que en la accidentada actualidad, tapizada de  fracasos laborales  y anonimato social; quizás ese pasado recuerda un matrimonio íntegro, alimentado a diario por el amor apasionado e incondicional frente a lo que ahora es un juicio de divorcio por un desagradable adulterio. Seguramente el pasado de una iglesia fue más próspero en número o con una mayor “unción” que la presente, quizás la Escuela Dominical y sus programas con niños funcionaba mejor, frente a lo que parece tan rupturista e incluso “apóstata” de la iglesia del Siglo XXI. Todo era perfecto e incluso denominado como nuestra “era dorada”, sin embargo el pasado, vestido de recuerdos, nos ayuda a tener más canas y a creer que nada se comparará con lo que  nuestra percepción consideró que era mejor.

Hay un pecado muy bien disfrazado de melancolías que el enemigo de nuestra alma a logrado arraigar por medio de una extraña calidez y familiaridad. El creyente desde el principio sabe que por medio del sacrificio de Cristo TODAS las cosas son hechas nuevas, que hemos sido milagrosamente engendrados de nuevo, incluso se nos insta a estar en permanente transformación de nuestro ser interior “por medio de la renovación de” nuestro entendimiento y así participar del proceso diaria de ir  “de gloria en gloria” ¿Por que entonces pareciera que nuestro presente es peor que el pasado, y como Job decimos “en qué he pecado, Señor”? Porque nos hemos alimentados de recuerdos “que pesan más que las esperanzas”, y el peso de pecado sobre nuestros hombros ya no es sobre asuntos morales o relacionados con la ética.

Alcancé a conocer a una de las hermanas más antigua de la iglesia, falleció con casi 98 años, y sus últimos días de congregarse en la iglesia la ví tomar su pañuelo que tenía en el cuello, y al son de una alabanza bien rápida, remolineaba con alegría. Fue la primera vez que veía una hermana de corte “tradicional” y más encima una anciana, lograr ese estado de gozo exultante, mayor incluso que en los jóvenes de entonces. Porque envejecer es una cuestión del entendimiento, y mientras se alimente de la esperanza futura, de ver las cosas que no son como si fuesen, habremos comenzado a restituirle a Dios lo que estropeamos por el pecado de la incredulidad  ¡pero si tu sabes que sin fe es imposible agradar a Dios!

Saquémosle el polvillo de hierro y plomo a las alas de nuestra alma, sacudámonos de las fotos en cepia y olores a encierro,  hagamos florecer las sendas del viento con la palabra encendida del gozo de la Vida y dispongamos el instinto y la razón a vivir los siguientes años de vida como si ya fuera la eternidad en las alturas del cielo pero acá abajo, en la tierra.

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